En el proceso
de creación icónica se produce una primera modelización o traducción
de la realidad en imagen a través del esquema preicónico que se forma
como resultado de una organización visual del objeto percibido y una selección
del número mínimo de rasgos que permiten identificar al objeto (p.ej. el
boceto a lápiz o carboncillo que realiza un pintor como apunte de un motivo
pictórico).
En la segunda
modelización se utilizan como instrumentos de interpretación de la realidad
elementos y estructuras icónicas, es decir, categorías plásticas
que sustituyen a la realidad. En otras palabras, cada una de las técnicas
para registrar o crear imágenes poseen unos elementos (en la pintura los
óleos, pinceles y lienzos; en la fotografía, la cámara y la película; etc.)
que son utilizados según determinadas estructuras icónicas que la propia
técnica y el sujeto imponen (lo que podríamos denominar lenguajes o modos
de expresión que manifiestan especificidades según el medio elegido: vídeo,
cómic, fotografía, infografía o pintura). Como resultado se obtiene una
representación, un modelo de realidad, una imagen.
Este modelo no es nunca la realidad, pero no está totalmente desconectada
de ella.
En la etapa
de observación icónica el proceso es inverso. La imagen ya existe y
lo que percibimos es un esquema icónico de naturaleza representativa
que posee dos propiedades: un código "naturalista", es decir, un modo de
ver peculiar de cada período histórico y un reconocimiento, o sea, un resumen
de los elementos esenciales que definen el objeto representado en la imagen.
Una vez que el observador percibe la imagen accede a una realidad modelada
icónicamente. Este concepto indica la forma en que la imagen
modeliza, sustituye, interpreta o traduce la realidad, ya que no todas las
imágenes lo hacen del mismo modo.