Gestión y conservación del suelo.
Lección 1. ¿Cuanto tenemos?
Al realizar un inventario de recursos edáficos lo primero que hemos de conocer es la cantidad de suelo existente, eliminando de ello las masas de agua continentales, las zonas escarpadas en que afloran las rocas y otras situaciones en las que el suelo o no aparezca o haya sido eliminado.
Signifiquemos en este sentido que en la Tierra solo hay 3.200 millones de has de suelo, que solo significan el 6.3 % de la superficie del planeta, que equivalen al 21 % de la superficie sólida.
El primer paso para poder establecer la disponibilidad del suelo presente sería efectuar una catalogación, ello nos permitirá tener un avance de la potencialidad productiva del mismo, entendiendo la productividad en un sentido amplio y no eminentemente económico. Un bosque no maderable, una zona de reserva natural o de esparcimiento, si bien no incrementan nuestro patrimonio dinerario si nos aportan calidad de vida que... no es poco.
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De
la superficie total de un territorio es necesario deducir las zonas
desprovistas de suelo.
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La
catalogación implica el conocimiento de los tipos de suelos presentes
y su cpacidad de utilización.
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Una
vez conocidos es necesario ubicarlos en el espacio, lo que hace la cartografía.
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De
la anterior deducimos el área ocupada por cada tipo y algunas
incidencias, pero... con esto no basta.
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Para poder llevar a cabo una adecuada gestión de ese autentico patrimonio es necesario conocer la extensión de cada uno de los tipos catalogados y su ubicación. En otras palabras, hemos de disponer de una cartografía de suelos.
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La calidad de un terreno
no solo depende de la de sus suelo, sino del relieve sobre el que se
encuentra.
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Para el crecimiento vegetal,
las condiciones climáticas son esenciales, por lo que este factor
es de especial transcendencia.
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Un mismo tipo de suelo
puede aparecer sobre materiales geológicos diferentes, pero su
evolución estará condicionada por la naturaleza de estos.
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El uso actual del suelo
nos marca, en cierto modo, su historia, que nunca puede despreciarse.
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Pero ese mapa de suelos no basta para poder realizar una buena ordenación del territorio, es necesario complementarla con su relación con el relieve, con el clima e incluso con la geología subyacente, que nos facilitará la comprensión de la posible evolución en el tiempo. En este sentido no podemos despreciar el estado actual de utilización para corregir, si es posible, los defectos de la misma.