Del cero al infinito

o los libros de Barcarrota

MIGUEL ANGEL LAMA

A Matilde Muro, por los días trujillanos del bibliófilo


EL cero al infinito porque se parte de la nada o de la sombra para llegar a todo o casi todo. El cero es el hallazgo de unos libros del siglo XVI y del cero se arranca para proclamar a los cuatro vientos que se han encontrado en un pueblo de Badajoz, en Barcarrota y que se han comprado por Patrimonio para su preservación e investigación, y, además, exponerlos para que todos los contemplen y puedan viajar con la imaginación a la historia, esa impertinente antepasada que nos pone en evidencia. El cero es sentir las cosas como uno puede y exclamar inocente por la importancia de un hallazgo. El infinito será el viaje, y será zambullirse en la investigación que no se agota o en la que no se vislumbra un fin preciso; será comenzar a tirar de un hilo que te llevará a todo y nunca a nada, en pos de otros indicios y otras huellas, en pos de las razones de su razón de ser.

Pero entre el cero y el infinito cabe casi todo: la crítica turbia y los malos rumores; negarse a valorar un hecho y buscar el fallo de sus divulgadores. Todo parece valer del cero al infinito. Vale tanto todo que -permítaseme la alusión cruzada- somos capaces de acusar a Maella de no ser Goya a costa de dimisiones, vituperios y peritajes.

Sin embargo, habrá que repetirlo: el descubrimiento de diez impresos y un manuscrito del siglo XVI emparedados en una casa barcarroteña tiene una transcendencia que debe ser oportunamente destacada. Bastante menos importará dentro de unos años, cuando comiencen a publicarse trabajos rigurosos sobre los libros encontrados y sobre sus circunstancias, cómo se han pagado o si la luz que los mostró no tuvo toda la potencia y la orientación deseables. Ahí quedan para que todos podamos beneficiarnos.

Y el beneficio es evidente. Para los bibliófilos, por disponer de un patrimonio muy valioso que permita historiar más la circulación de impresos en el quinientos, su actividad editorial, las peculiaridades de unos impresores; para los historiadores, que iluminen algo más una porción de nuestra historia, un lugar, un hombre, unas ideas; para los filólogos, que encuentren testimonios textuales de suma importancia...

Y la razón: una edición fechada el uno de marzo de 1554 del Lazarillo de Tormes impresa por los hermanos Mateo y Francisco del Canto en Medina del Campo y desconocida hasta el momento; una edición latina de la Lingua de Erasmo, de 1538, una de sus obras con más difusión en España, acompañada de otras, los comentarios Plutarcus Chaeroneus de Vitiosa Verecundia y Precationes aliquot celebriores e Sacris Bibliis..., también de 1538; un ejemplar del rarísimo Alborayque, libro contra los conversos; textos de quiromancia del Mantuano, de 1525 y 1543; un librito de exorcismos en italiano publicado en Venecia en 1540, etcétera. Libros todos de indudable interés que apuntan hacia el perfil de un autor culto que puede leer obras en latín, griego, hebreo, español, francés, portugués e italiano. Algunas de estas lenguas están incluidas en un curioso elemento hallado entre las páginas de uno de los libros, un círculo de papel con anotaciones manuscritas en ambas caras con nombres propios, mensajes, el dibujo de una estrella de David, la transcripción de un texto de la Historia Eclesiástica de Cesarea...

El material que se presenta a los ojos del interesado abre vías riquísimas de indagación y traza, por su variedad en la unidad de su heterodoxia, conexiones y posibilidades que constituyen un reto para los investigadores. Un ejemplo: en la edición del Lazarillo, impresa por Salcedo en Alcalá de Henares el veintiséis de febrero de 1554, que es la única de las conocidas de este año que presenta una serie de interpolaciones apócrifas al texto original, puede leerse en un añadido del tratado primero que el ciego, que cientos de oraciones sabía de coro, "rezaba cada día por la mesonera la oración de la Emparedada", esa oración que Diego Sánchez de Badajoz citaba en la Recopilación en metro (otra vez en 1554) entre el repertorio de los ciegos rezadores, y cuya referencia no aparece en las otras ediciones conocidas del mismo año de la novela picaresca anónima. La aparición de esta nueva impresión de Medina del Campo, acompañada en su escondite de un ejemplar de la Oración de la Emparedada en portugués, es una estupenda coincidencia como testimonio que supera cualquier nota erudita al pie.

Disfrutar con la contemplación de una biblioteca perteneciente a un hombre del XVI, pasar con sumo cuidado sus páginas, examinar papel y encuadernación, atisbar signos, rúbricas y anotaciones como el que se planta ante un mundo desconocido, abierto para la incursión sosegada y atenta. Revivir la historia del propietario de estas obras, presto en ocultarlas a los bibliopiratas del Santo Oficio en un pueblo de Extremadura, y ser consciente de la riqueza del pasado para la luz del presente.



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