El teatro fugaz de García Márquez

EUGENIO AMAYA


En marzo de 1994 se estrena en el Teatro Nacional de Colombia la obra "Diatriba de amor contra un hombre sentado". Un año más tarde es publicada por Grijalbo Mondadori y la primera experiencia teatral de García Márquez se hace literatura. Curiosa sensación la del lector al comprobar cómo nuestro idioma irrumpe en la escritura dramática contemporánea con un vigor y expresividad que no se daba desde Valle Inclán. Y, sin embargo, algo no encaja. Conviven con los hallazgos de lenguaje una cierta subordinación al artificio y una rigidez en la expresión de los sentimientos atribuidos a la protagonista como si emanaran de un corazón maniatado.

El teatro tiene sus servidumbres, y de ellas la menos magnánima es la exigencia de autenticidad. Independientemente de estilos y opciones formales, el escenario demanda verdad, impulso vital y, en ocasiones, acción dramática. Recrear a través de la palabra la ilusión de una experiencia vivida en el presente ante un espectador que exige no ser engañado es un don, un arte y un oficio que autores como Chejov, Strindberg y Tennessee Williams, entre otros, cultivaron a costa de su salud. El monólogo de la esposa desilusionada que vierte un amargo muestrario de reproches a un marido-maniquí es literariamente impecable, dramáticamente estático y emocionalmente incompleto. Demasiadas concesiones al pudor. Un matrimonio fracasado constituye un territorio de trampas, equívocos y verdades antagónicas del que es difícil salir indemne. Resulta empresa titánica y compleja situarse, además, en el lugar del otro, erigiéndose en portavoz emocional del sexo opuesto como intenta García Márquez en "Diatriba..." desafiando a sus rasgos de identidad cultural y a una escasa tradición de la literatura hispanoamericana en estos menesteres. Lo que, por ejemplo, en el monólogo de Molly Bloom del "Ulises" de Joyce es una descarnada travesía por el desfiladero de lo inconfesable, en "Diatriba..." no pasa de ser un brillante ejercicio de vanidad masculina camuflada de autocrítica.

El tema y la situación que plantea el gran autor colombiano requieren librarse de las tenazas del puritanismo, atreverse a compartir con el lector/espectador el juego doloroso de las confesiones que desnudan tanto a quien las expresa como al que las escucha, hurgar en las heridas del alma transformando en fuerza poética el impulso purificador que renuncia a la autoestima en aras de la verdad artística. Un empeño que pocos están dispuestos a asumir. El autor de "Cien años de soledad" lo intenta y se queda corto. Otra vez será.

Por último, el uso de acotaciones en exceso meticulosas y descriptivas resta margen de maniobra a la imaginación del lector/espectador, subrayando y enfatizando lo evidente como si el autor teatral primerizo no confiara suficientemente en la destreza evocadora del escritor consagrado.


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